Proceso de desarrollo y reconfiguración psíquica de adolescentes en programas de reeducación

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En este artículo se expone una forma de comprensión del proceso de desarrollo y reconfiguración psíquica de los adolescentes que se encuentran en programas de reeducación en la Institución Educativa de Trabajo San José. Partiendo de una reflexión del proceso de desarrollo, donde se gesta una configuración psíquica, que se pone en evidencia durante la transición adolescente, pues las vivencias de la infancia marcan un camino particular en el proceso de desarrollo y es éste camino el que se revisa y edita nuevamente en la adolescencia, no para cambiarlo, sino para resignificarlo, con la posibilidad de dar continuidad a dimensiones que si bien corresponden al pasado, se viven como actuales y se vislumbran en la relación que estos jóvenes establecen con si mismos, con los otros y con el mundo.
Palabras claves: configuración psíquica, transición adolescente, razonamiento clínico, relación terapéutica, re-presentación.

INTRODUCCIÓN

El quehacer psicológico está acompañado por constantes cuestionamientos y reflexiones relacionadas con la intervención; sin embargo, cuando se trata de la praxis clínica estas reflexiones se agudizan y complejizan con cada consultante, con cada demanda y con cada relación. Esta investigación es el emergente de muchos de esos cuestionamientos, evidenciados a través de la angustia tanto del clínico como de ese otro llamado paciente.

En este trabajo se expone una comprensión del desarrollo de los adolescentes que se encuentran en programas de reeducación en la Institución Educativa de Trabajo San José y como en este momento evolutivo reconfiguran su psiquismo. Para ello, fue necesario hacer un acercamiento a sus historias de vida, como fuente de información para encontrar sentido a su acontecer y hacer un razonamiento clínico de la relación terapéutica, a partir de la lectura del proceso de desarrollo que brinda elementos para la intervención, entendida ésta como todo aquello que el clínico hace dentro de una relación que no está determinada a priori por ninguna teoría.

METODOLOGÍA

Esta investigación está enmarcada en un paradigma constructivista, desde un enfoque fenomenológico-hermenéutico, en la cual se interpretan los signos como un texto a partir del mundo en el que éstos están inmersos, de este modo, la narración de los adolescentes sobre su historia y momento evolutivo, se toma como un texto que brinda información sobre su proceso psíquico y sobre como la institución promueve elementos para tramitar las vicisitudes de la vida y las fases de la infancia, aspecto además que al ser contrastado con un razonamiento clínico desde un enfoque relacional, generó una conceptualización resultado de la interpretación que cada uno de estos jóvenes da a su proceso de adolescencia en el contexto reeducativo, la teoría entonces, fue un instrumento que guío el proceso de investigación desde etapas iniciales del mismo, no para la elaboración de hipótesis, sino para conceptuar sobre la realidad con base en los conocimientos construidos anteriormente por investigadores y teóricos de la psicología relacional.

El muestreo realizado en este trabajo fue abierto intencional, seleccionando a siete adolescentes de la Institución Educativa de Trabajo San José con un seguimiento psicológico superior a 18 meses, partiendo de la premisa que en el vínculo psicoterapéutico el sujeto pone en escena nuevamente su forma de relacionarse y teniendo como objetivo comprender el proceso de desarrollo y reconfiguración psíquica de éstos adolescentes.

RESULTADOS

Pensar en la reconfiguración psíquica de un adolescente, a la luz de su historia de desarrollo, lleva directamente a reflexionar sobre dicho proceso, ya que sobre su recorrido se gesta una configuración psíquica que se pone en evidencia durante la transición adolescente, la cual se puede vislumbrar en la relación que establecen con si mismos, con los otros y con el mundo.

En los casos analizados se observa que la forma particular en que cada uno experimentó su ambiente incidió en sus elecciones, formas de tramitar sus vivencias y estilos relacionales, haciendo una aproximación a la comprensión de su acontecer actual como adolescentes y a la configuración de su mundo re-presentacional, teniendo en cuenta que en el proceso de desarrollo del bebé y del niño, es donde se forma el self y el sentimiento de continuidad existencial, y que las re-presentaciones son constituidas por la repetición de eventos durante el desarrollo muchas veces caóticos y la forma como son interpretados por cada sujeto, moldeando las formas particulares de ser y hacer en el mundo, formas de ser que son revisadas durante la adolescencia, dando la posibilidad a cada individuo de hacer las paces con esas circunstancias dolorosas de la infancia.

Esto a la vez lleva a pensar en la noción de fallas en el desarrollo o lo que se nombra como temas del desarrollo, cuando dichas experiencias no se constituyen específicamente como una falla, pero dejan huellas en la configuración del mundo re-presentacional de cada individuo, las que se ponen en juego con cada experiencia relacional. Horner (1984) argumenta:
que las fallas en el desarrollo pueden ocurrir cuando la capacidad de síntesis y organización de un infante constitucionalmente competente son agobiadas por el ambiente caótico de una madre psicótica, alcohólica o por tensiones excesivas resultantes de un cuidado inadecuado de una madre depresiva, narcisista o sin empatía. De esta manera la capacidad de organización de un niño pueden ser sobrecargada por estímulos ambientales conflictivos que el niño no puede asimilar, tales como cuidadores múltiples y cambiantes, o la extrema ambivalencia de la persona maternante primaria.

Con esto no se pretende culpar a las madres o cuidadores de la configuración particular de sus hijos, pues estas a su vez necesitaron en su infancia un ambiente suficientemente bueno y durante el ejercicio de cuidar y maternar necesitaron de la contención brindada por un tercero, llamada por algunos autores como la contención de la diada madre-hijo, pero no por ello, se puede dejar de nombrar, que si durante los estadios vulnerables tempranos, traumas severos y acumulativos, debido a enfermedades o cambios frecuentes de ambiente ocurren en un niño constitucionalmente fuerte, la organización puede verse afectada si la persona maternante pierde la capacidad de funcionar como agente filtrador y organizador para el infante (Horner 1984).

En este estudio se encontró que los jóvenes, debido a experiencias traumáticas que alteraron la barrera contra los estímulos y la continuidad existencial durante los primeros meses de vida, debido a la vivencia de calle u otras circunstancias que perturbaron la relación con el cuidador, presentan fallas en el proceso de apego, generando en la actualidad un desapego defensivo, que los protege del temor a experimentar nuevamente la sensación de abandono, que se pone en juego en el proceso de vinculación a una institución y a un proceso psicoterapéutico, que se caracteriza en estos casos por ser excesivamente lento, pues las fallas en la consolidación de una confianza básica fueron severas, incidiendo de forma directa en la manera de transitar por las demás fases del desarrollo.

Verbigracia J, uno de los adolescentes participantes en esta investigación se demoró aproximadamente un año para dar sus primeros pasos hacia el establecimiento del vínculo psicoterapéutico, ese primer año estuvo marcado por el constante olvido de las citas, encubriéndose en un seudovínculo, que a los ojos ajenos del proceso de desarrollo podría confundirse con un vínculo de confianza, sin caer en la cuenta que era una barrera que impedía el contacto con el verdadero self; en el caso de P otro de los jóvenes de la institución, la necesidad de cambiar de psicoterapeuta cada que sentía que se iban a evidenciar aspectos de su self es también una muestra de ello.
Otros jóvenes, presentan fallas en el proceso de mentalización, evidenciada en la poca capacidad de introspección y en la dificultad para poner palabras a sus vivencias, algunos adolescentes utilizan la identificación como una forma de adaptarse al medio y sobrevivir, asumiendo cada uno características distintas en la organización de su self, lo cual muestra como cada sujeto a pesar de tener algunas experiencias similares en la vida y en la infancia, teje de manera diferente su historia, aunque coincidan algunos tejidos.

Para efectos académicos, los jóvenes participantes en el proceso investigativo podían dividirse en dos grupos: aquellos con una configuraciones de baja organización y aquellos con una configuración de alta organización, los primeros caracterizados por una interacción mediada por la comunicación preverbal; Bion (1966) en su trabajo de investigación clínica, plantea que existen impresiones sensoriales y experiencias emocionales no transformadas y las denomina “elementos-beta”, estos elementos no resultan apropiados para pensar, soñar, recordar o ejercer funciones intelectuales generalmente adscritas al aparato psíquico, sino que son vividos como “cosas-en-sí-mismas” y generalmente son evacuados a través de la identificación proyectiva (Grinberg, 1985), generando fuertes sentimientos contra-transferenciales en la relación psicoterapéutica, pues necesitan de un otro que de manera diádica interprete su experiencia, como se evidencia en varios de los adolescentes de la institución.

En contraposición a estos elementos, Bion (1966) postula la función-alfa que opera sobre las impresiones sensoriales y las experiencias emocionales primitivas, transformándolas en elementos-alfa; estos, a diferencia de los elementos beta, pueden ser utilizados en nuevos procesos de transformación y simbolización. Los elementos-alfa son, pues, aquellas impresiones sensoriales y experiencias emocionales transformadas en imágenes visuales o imágenes que responden a modelos auditivos, olfativos, táctiles, en el dominio de lo mental; son utilizados para la formación de pensamientos oníricos, el pensar consciente de la vigilia, sueños, creaciones y recuerdos, los cuales están presentes en las personas con una configuración de alta organización.

El acompañamiento que se realiza a los adolescentes con una configuración de baja organización implica un desgaste tanto físico, como psíquico para los profesionales, pues ellos por el predominio de los elementos “Beta” movilizan en el personal los puntos negros o ciegos del psiquismo, haciendo referencia a aquellos aspectos del ser no integrados o de suma fragilidad al estar constituidos como temas del desarrollo, que se ponen en evidencia en la relación con estos jóvenes, pues el privilegio de la comunicación pre-verbal y la identificación proyectiva, hace que los sentimientos que en esta relación emergen sean difíciles de diferenciar del propio ser, dejando al descubierto las dimensiones diádicas y no resueltas de los profesionales y empleados de la institución.

Quienes están a cargo del proceso de estos adolescentes, no solo deben descifrar sus necesidades, sino que además deben lidiar con todos los sentimientos generados contra-transferencialmente, los que en ocasiones se convierten en actos que confirman los temores de abandono o exclusión y retrasan u obturan los procesos, estas movilizaciones contra-transferenciales representan un riesgo muy alto, sino son analizadas y canalizadas de manera adecuada. En algunos profesionales por ejemplo, se moviliza a través de la adulación o dependencia de los jóvenes un sentimiento de agrado que impide una mirada critica del caso, en otros en cambio, una rabia difícil de canalizar puede estar asociada a sentimientos generados por personalidades narcisistas, y en otros casos el sentimiento de impotencia ante el fracaso de los métodos se canaliza con el deseos de exclusión del joven.

La primera tarea entonces, es realizar una lectura del proceso de desarrollo de cada paciente y para ello se necesita unas bases conceptuales sólidas, además de una constante revisión del ser y de aquellas experiencias sensoriales que acompañan cada interacción con un paciente, pues la actitud mentalistica y elaborativa del terapeuta posibilita al paciente encontrarse a sí mismo en la mente del terapeuta como un ser que piensa y siente, e integra ésta imagen como parte del sentido de sí mismo (Duran, 2004).

Los adolescentes con una configuración de alta organización, generalmente se vinculan de manera más tranquila y rápida a la matriz terapéutica, estableciendo una confianza básica con la persona del terapeuta, aunque en algunos casos necesitan poner a prueba el vínculo, sus defensas giran en torno a la racionalización y la fantasía, dando cuenta de su capacidad para simbolizar algunas experiencias, en el cual el acceso al mundo de la mentalización genera un amplio espectro de significados para las mismas vivencias, recursos puestos en marcha en el proceso psicoterapéutico.

De otro modo, la constancia objetal que implica el mantenimiento de la representación del objeto de amor ausente, la unificación del objeto “bueno” y “malo” en una representación total y la internalización de la función cuidadora de la madre para ser asumidas como funciones del si mismo del sujeto o internalización transmutadora como la llamo Kohut (1971); no se encontró en ninguno de los jóvenes, sin embargo en los casos con mayores niveles de organización e integración, aunque necesitaban en este momento de su vida acompañamiento, sus conflictos no absorbían todas las dimensiones de su vida, en sus relaciones afectivas y en sus vivencias de individuación es donde requieren de un empuje hacia la autonomía, pues son vulnerables a quedar pegados a ansiolíticos artificiales y a la seducción de un medio que ofrece constantemente colmar sus necesidades de forma inmediata, negando la posibilidad de elaborar la falta, empero estos chicos pueden conservar un aire de diferenciación que hace que sus síntomas sean egodistónicos y esto los lleva a solicitar ayuda.
En la institución por ejemplo, los adolescentes de alta organización psíquica tienen avances más rápidos en el proceso de resocialización, ya que al tener la capacidad de vincularse sin el temor constante al abandono y a establecer relaciones de confianza con los otros, se permiten la construcción de un mundo esperanzador, que alienta sus posibilidades de cambio. Con estos adolescentes los sentimientos contra-transferenciales no se viven de manera tan intensa y pueden ser diferenciados del ser propio de los profesionales, sin embargo, el manejo de las emociones generadas en el quehacer, también depende de la configuraciones psíquicas de quien realiza la intervención y de aquellos ubicados en un lugar de poder frente a los jóvenes.

Esto muestra la necesidad imperante de reflexión y automonitoreo constante del personal y para eso se requiere de una madurez institucional que oriente el proceso de canalización afectiva, sin el fantasma de aquel que juzga como debilidad el sentir de quien esta ubicado, ya sea en el lugar de compañero, jefe o empleado y esto nuevamente está supeditado a la forma en que se relacionan quienes ocupan estos lugares. En este sentido, tanto la capacitación adecuada, como la configuración psíquica de los empleados y jefes son vitales para estos procesos de resocialización, donde no solo se necesita un saber en términos teóricos, sino un saber de si mismo.

Otro aspecto que la investigación develó, es que las intervenciones realizadas con los adolescentes parten constantemente de la necesidad de erradicar los comportamientos no adaptativos o síntomas por los que fueron enviados a la institución. En los staff clínicos por ejemplo, es común la descripción de comportamientos, esto debido a la agudeza de los mismos y en ocasiones al peligro que estos pueden representar para el colectivo, a la idea de que la desaparición de dichos actos evidencian la buena labor y la calidad del profesional y al peso de tener que responder al medio con resultados visibles, haciéndose difícil trascender la descripción y pasar a la comprensión de dichos comportamientos, camino que avizora paradójicamente resultados más esperanzadores. No se puede desconocer, que en algunos casos, el equipo de profesionales logra comprender los sentidos enmascarados por el comportamiento de los adolescentes, pero el pedido constante de un mundo que ya no deja lugar a la espera, permea todos los procesos.

CONCLUSIONES

Durante la adolescencia no solo se da una revisión de los procesos de la infancia, sino que además el ser humano se ve obligado a reaccionar frente a sensaciones y situaciones nuevas, muchas de ellas asociadas al incremento hormonal y la nueva vivencia de la sexualidad, siendo la consolidación de la identidad un empuje hacia una segunda individuación, pero ¿qué pasa si la primera individuación no se logró? Blos (1981) llegó a la conclusión de que “los conflictos infantiles que no son eliminados al final de la adolescencia, sino que se restituyen específicamente, se tornan egosintónicos, integrándose al reino del yo como tareas de la vida. Se centran dentro de las auto-representaciones del adulto” y señala que en muchas ocasiones las reacciones de los adolescentes revelan la existencia de asuntos no resueltos en la infancia, los que pueden sufrir todavía cambios importantes en la configuración psíquica de cada ser, pero para ello es necesario entonces hacerse cargo de aquello que como tarea evolutiva no se alcanzó en la infancia. Teniendo presente que el desarrollo no es lineal, está relacionado con la historia y la forma como cada persona se la representa.

En coherencia con lo anterior, se puede afirmar que en el trabajo con estos adolescentes la reconstrucción de la historia cobra gran valor, evidenciando la importancia de que quienes los acompañan en las instituciones conozcan sobre el proceso de desarrollo y sobre las tareas evolutivas, para orientar la intervención desde las particularidades de la configuración del mundo re-presentacional de cada joven, la forma de relacionarse con si mismo, con los otros y con el mundo y no desde las variaciones comportamentales, que en ocasiones, son distractores puestos al servicio de la reafirmación de temores; trabajar solo por los cambios comportamentales enuncia peligros si reconocemos que cada comportamiento tiene un sentido distinto en cada caso y por ende cumple una función diferente y la intervención debe estar enmarcada en una lectura de la necesidad de cada sujeto y desde ésta lógica no pueden estar predeterminada.

Ahora cuando la intervención está dirigida al acontecer del joven, como una manifestación del interés del profesional por lo que le pasa, moviliza en él, el reconocimiento de su valor como persona, teniendo a nivel interno una transformación de la re-presentación que tiene de sí mismo y de la forma como ha sido tratado, además le permite reconocer un ambiente seguro, con los recursos para protegerlo sin desbordarse con sus actos, como ocurrió en su familia, donde sentía que tenia el control sobre las emociones de los adultos, aspectos que en muchas ocasiones viven en forma de replica en las instituciones. Bettelheim (1985) sugiere para las instituciones que trabajan con éstos jóvenes tomar las decisiones basadas en lo que ellos pueden dar, respecto a lo que se espera de ellos, no sobre la base de conveniencia o con la idea preconcebida de lo que “debe ser”, dice además que “en general, la conducta negativa desaparece con mayor rapidez cuando se le ignora y por lo tanto pierde su poder de molestar”, esto implica no tumbar las defensas, sin asegurarse que han construido otras más adaptativas, pues cada acto cumple una función psíquica especifica y como clínicos debemos estar preparados para hacer estas lecturas.

RECOMENDACIONES

Teniendo en cuenta las características relacionales de éstos adolescentes, quienes aunque expresen su agrado por la institución y busquen a los profesionales para hablar, sus relaciones están atravesadas por filigranas de desconfianza, por ello se debe cuidar el establecimiento del vínculo de manera minuciosa. Del mismo modo, los adolescentes una vez se vinculan a la institución o algún miembro de ésta, temen dejar la institución teniendo fantasías de desvalimiento y recaída, las que en muchas ocasiones se convierten en realidades, ya que en algunos las dimensiones de cuidado no alcanzan a ser integradas al ser, en cambio la vivencia barrial es una experiencia familiar que gatilla nuevamente las dimensiones no integradas.

Por ello, es muy importante que la desvinculación del proceso sea paulatina y que ésta no genere una ruptura abrupta en su vínculo con la institución, que se pueda hacer lectura de los temores emergentes al empuje hacia la autonomía, siendo conscientes del alcance de cada joven, que después del egreso los adolescentes cuenten con otras redes que los sostengan por fuera de la institución y tengan la posibilidad de hacer rituales simbólicos de cierre del proceso; además les permita consolidar en su identidad las experiencias institucionales y con ellas los compromisos adquiridos en ésta, teniendo en cuenta que el ambiente en el que se desenvuelvan después de su egreso será mucho más determinante para aquellos con fallas en la diferenciación y necesidades afectivas tempranas, o sea aquellos con una configuración de baja organización.

Autoras: Julieth Zapata Restrepo, Mónica Schnitter Castellanos

 

 

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

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